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miércoles, 19 de agosto de 2020

Clínica bulera.

Al paso que lleva la burra, dentro de poco tendremos que restaurar las clínicas para combatir los rumores, como esas que el presidente Roosevelt abrió durante la Segunda Guerra Mundial para evitar el bajón moral del tropel americano. Las clínicas, dependientes de la Oficina de Información de Guerra, filtraban bulos como estos:
  • Que una bomba llenita de gérmenes de peste bubónica se lanzó en Oregón.
  •  Que las mujeres del cuerpo voluntario del servicio de emergencia, en inglés WAVES, eran propiedad de los oficiales y que estos podían hacer con ellas lo que les viniese en gana.
  • O que el pelo de una mujer empleada en una fábrica de munición, tras hacerse una permanente en la peluquería, estalló en llamas. 
The Boston Sunday Herald - Ladies want it
Gordon Allport y Robert Knapp, profesores de Psicología en Harvard, fueron los directores de la primera clínica de desinformación y que fue establecida en Boston. En un principio se pensó en abrir veintiocho clínicas más, todas en universidades. Estas funcionarían con una plantilla voluntaria de profesores y estudiantes. Sin embargo, el proyecto no cuajó, demasiada información en manos civiles, decidió el gobierno, y Robert Knapp tuvo que buscarse otras alianzas. La encontró en el periódico el Boston Herald. En sus páginas, cada domingo, saldría la falsedad de la semana a desbancar. Bajo el bulo, también aparecía publicada la explicación correcta. 

Y sí. Kamala Harris es americana. Aunque algunos se nieguen a creerlo y vuelvan a las andadas con el vergonzoso birtherismo.  

lunes, 29 de mayo de 2017

¿Qué activa la soledad?

Lo llevamos en los genes: inundar a otros con los torrentes de información que nos llegan sin importarnos un comino que esa información, más que informar, nos dé un puñetazo al conocimiento. Hay que estar a la última si no queremos que los interlocutores se pincen la nariz en clara señal de que somos unos apestados. 

No sé si para tratar de repeler esa presunción o para demostrar a estos superolfateadores que están equivocados o simplemente para paliar el dolor de la segregación, que algunos nos hemos agarrado a los meetup, esos grupos de encuentro presenciales sin cámara o texto virtual de por medio, como si fueran el último diplodocus sobre la faz de la tierra.

Y no es que no se agradezca su labor. Por lo menos le obliga a una ponerse los pantalones y coger el coche, el transporte aquí es penoso, para ir a reunirse con otras cuantas almas con las que, en teoría, tiene algo en común. La soledad y el deseo de abatirla por descontado. Por si a alguien le interesa el tema de la soledad en este país, Bowling Alone (Jugando a los bolos Solo) del profesor de la Universidad de Harvard Robert D. Putnam ataca este tema.

He notado que, al menos en Estados Unidos, ese deseo de inundar nunca consigue desprenderse de la forma soberana: el aprovechamiento para la venta.

Las visitas de los que van de puerta en puerta vendiendo biblias ni mucho menos pertenecen al pasado. Tampoco las mujeres Avon han colgado sus maletines. Estos emprendedores meetup se han vuelto más sofisticados, lógicamente, y sus mañas se han materializado en forma de exploraciones culturales, solo para mujeres, por ejemplo, o en viajes tántricos guiados por chacras o terapias de energía vibratoria, (aún no tengo muy claro en qué consiste esta última), que los moderadores u organizadores de los grupos meten, tras una breve espera que nunca supera la semana. No se está para perder clientes.

Muchos de los meetups, al menos en los Estados Unidos, me parece que son la reinvención de las agencias publicitarias. Como mínimo, plataformas para oírnos a nosotros mismos marcarnos unos cuantos gallos. Lo que produce la soledad...